jueves, 5 de noviembre de 2009

En Flandes, en 1547, Teofrastus me lo explicó todo. "Nos dieron la diversidad del mundo", me dijo, "pero nosotros sólo queremos el oro. Tú encontraste un tesoro, una selva infinita, y sentiste infinita decepción, porque querías que esa selva de miles de apariencias tuviera una sola apariencia, que todo en ella no fuera más que leñosos troncos de canela de Arabia. Anda, dile al designio que hizo brotar miríadas de bestias que tú no quieres ver más que tigres. Dile al artífice de los metales que sólo estás interesado en la plata. Dile al demiurgo que inventó las criaturas que el hombre sólo quiere que sobreviva el hombre. Ve y dile al paciente alfarero que modela sin tregua millones de seres que tú sólo quisieras ver un rostro, un solo rostro humano para siempre. Y dile al incansable y celeste dibujante de árboles que sólo te interesa que un árbol exista. Es eso lo que hacemos desde cuando surgió la voluntad. Apretar en el puño una polvareda de estrellas para tratar de condensarla en un sol irradiante. Reducir a la arcilla las estatuas de todos los dioses para alzar de su masa un dios único, desgarrado de contradicciones, atravesado de paradojas y por ello lastrado de imposibles".


Introducción al libro "El pais de la Canela" de William Ospina.

Caminos para la Paz

CAMINOS PARA LA PAZ
Por William Ospina

En una estadística reciente se nos informaba cuánto cuesta dar de baja a un delincuente o sacarlo de la guerra, y es evidente que resultaría más barato haberle brindado la oportunidad de ser un ciudadano digno y laborioso.

Pero para ello tal vez habría que invertir un poco menos en guerra y un poco más en cultura y en justicia. Porque hay dos clases de justicia: la que previene los males y la que los castiga. Con cuánta pasión y energía destinamos recursos a castigar lo que no hemos sido capaces de prevenir. Los recursos que no se invierten en darles a unas personas oportunidades, dignidad, orgullo y destino, hay que invertirlos en castigar después sus delitos.

Pensemos en la violencia de los años cincuenta. Todos aquellos crímenes, saqueos, asesinatos, intimidaciones, robos de tierras, sermones infames, patrocinios de bandidos, expulsiones y destierros terminaron sin que nadie desde el poder ni desde la academia propusiera un esfuerzo serio por reparar las ofensas ni por curar los dolores. Ni siquiera el bálsamo de un relato colectivo que convirtiera aquellos hechos en enseñanza y en ejemplo permitió que la sociedad hiciera su duelo, y lo que menos se hizo fue tratar de corregir las tremendas injusticias que se habían vivido, el desamparo en que quedaban millones de seres.

La larga galería de monstruos de los años cincuenta, Desquite y Sangrenegra, Chispas y el Capitán Veneno, Tarzán y otra serie de nombres, no por pintorescos menos temibles, fue cercada y exterminada por los ejércitos pacificadores en los primeros años de la década de los sesenta, pero diez años después ya se hablaba de los nuevos enemigos de la sociedad. Y desde entonces no hemos dejado de ver aparecer cada década los nuevos monstruos contra los que hay que desatar nuevas cruzadas de exterminio.

Un vasto drama social, que requería sobre todo soluciones culturales y altos proyectos de civilización, pareció diluirse en las urgencias del día a día, y nadie advirtió que en ese légamo de destinos sin proyecto histórico se incubaba la gran tragedia de los tiempos siguientes.

Colombia no es sólo un país donde periódicamente surgen nuevas oleadas de enemigos públicos que atentan contra la sociedad entera y la someten a cíclicos desangres: es sobre todo una sociedad que no está reconciliada consigo misma. Ello se advierte fácilmente en la insolidaridad, en la tensión excesiva entre las distintas capas sociales, en la odiosa estratificación que nos caracteriza, y en la incapacidad de muchos colombianos de reconocerse en sus compatriotas.

El encierro en las fronteras, bajo la densa niebla del latifundio y del clericalismo, había hecho al país negado para los cambios, atrasado e intolerante. Nadie olvida que, hasta hace relativamente poco tiempo, si alguien quería casarse por lo civil tenía que cruzar la frontera en cualquier dirección, hacia Panamá, Ecuador o Venezuela, para encontrar países con una legislación más avanzada.

Pero además aquel clericalismo, que ya denunciaba y combatía Vargas Vila a comienzos de siglo, produjo una curiosa enfermedad: en el país más mezclado, más mestizo del continente, la Iglesia nunca vio con buenos ojos el matrimonio entre razas distintas y ni siquiera entre clases sociales distintas, obligó a muchas personas a vivir en unión libre, y satanizó de tal manera a los hijos de esas uniones libres, que la condición de hijo natural fue durante muchísimo tiempo uno de los peores estigmas de la sociedad. ¿Cómo puede no volverse violenta una sociedad donde el amor es pecado, donde la unión entre los que se aman es vista como un crimen, y donde el ser hijo del amor es considerado un escarnio y un serio obstáculo para la promoción social?

Los males culturales que arrastra nuestra nación son aún más graves y perniciosos que los males económicos y políticos: agravaron por siglos, con resentimiento, las desigualdades económicas y las intolerancias políticas. Todos sabemos que en Colombia hay muchos niveles sociales y que una élite orgullosa, insensible y mezquina no sólo miró siempre por encima del hombro al resto de la sociedad sino que procuró educar a las otras clases sociales en una idéntica discriminación hacia todos los que no consideran sus iguales. Alguien dijo que eso nos ha llevado al extremo demencial de que todo el mundo quiere ser de mejor familia que el papá y la mamá.

También ese poder excesivo de la Iglesia, y su alianza indebida con el poder político, fueron responsables de uno de los males más graves en una sociedad supuestamente democrática: la prohibición de la lectura libre, que imperó aquí durante muchísimo tiempo. Yo suelo pensar que las nuestras son las primeras generaciones de colombianos que pueden leer libremente: nuestros padres todavía tenían que leer a Vargas Vila escondidos bajo las sábanas; Voltaire, el padre de la prosa moderna, era considerado un masón peligroso por los curas de hace medio siglo, y la costumbre de leer era asociada a la inutilidad cuando no a la locura por una sociedad que prefería mil veces tener tontos a tener quijotes.

Esa misma Iglesia que de tantas maneras entorpeció nuestro ingreso en la modernidad, y que puso su celo en apartarnos de los libros y prohibirnos el pensamiento, no hizo en cambio esfuerzos profundos por sembrar en la sociedad una ética del respeto a la propiedad ni a la vida ajenas. Con la misma irresponsabilidad con que condenaba el amor y satanizaba a los hijos de las uniones libres, callaba ante los robos de tierras y permitió o toleró que muchos de sus prelados predicaran abiertamente el exterminio de los liberales y de sus hijos en los tiempos negros de la Violencia.



La costumbre de condenar con severidad ciertos crímenes, acompañada por la costumbre de absolver con facilidad ciertos otros, creó un relativismo moral que fue fatal en el proceso de formación de nuestra ética pública. Aquí muchas gentes a la hora de reaccionar ante el crimen se permiten siempre preguntarse quién lo comete y con qué propósito: porque si el propósito los beneficia, el crimen les resulta tolerable. Por momentos, para defender la democracia, se pensó que se podía negar la democracia, e incluso para atacar el crimen se pensó que se podía recurrir al crimen.

Sin dejar de castigar a los delincuentes, es deber de las sociedades civilizadas encontrar las causas de las conductas criminales, y corregirlas si son causas sociales. Porque si no, correremos el riesgo de asumir para siempre que la única solución a todos los males es la guerra, y nos eternizaremos en ella, y nunca encontraremos el camino de una verdadera reconciliación.

Las violencias que acabamos de vivir han sido aún menos procesadas por la sociedad que las anteriores. Hoy volvemos a oír como si fuera una novedad la más antigua de las estrategias de los gobiernos colombianos, la idea de que la paz sólo se alcanza mediante nuevas cruzadas de exterminio de los monstruos, de persecución y aniquilamiento de los enemigos públicos. Y a mí no me caben dudas de que es necesario combatir a la delincuencia; pero hace rato ya que me digo que esos combates sólo serán paliativos y recursos momentáneos de la sociedad frente a una tradición de violencia que requiere soluciones más profundas.

Todos sabemos que lo que hace que una sociedad viva reconciliada y en paz es la cultura. La cultura es conciencia de una memoria compartida, es orgullo, certeza de pertenecer a una tradición, a unas costumbres, a unos valores; la cultura es carácter y es cortesía, es respeto por los demás, es aprecio por si mismo.

Pero si tomamos una hoja de papel y la dividimos en 200 cuadritos, para representar el monto del presupuesto que en Colombia se destina a la guerra, y tratamos de compararlo con el presupuesto del Ministerio de Cultura, descubriríamos que el presupuesto de la cultura es uno de los cuadritos, y que el presupuesto de la guerra ocupa los otros 199.

El Ministerio de Cultura podría llamarse también el ministerio de las artes, el ministerio de la memoria, el ministerio de la gastronomía, el ministerio del carácter, del orgullo, del respeto, de la solidaridad. No hay en nuestro país, ni se piensa que sea necesario, un Ministerio de la Memoria, y sin embargo nada le hace tanta falta a nuestro país como la memoria. Una memoria elaborada, rica, compleja, llena de matices, que nos enseñe quiénes somos, cómo nos formamos, cómo nos hemos pensado, cómo hablamos, cómo soñamos, que nos ayude a sentirnos parte de una comunidad. No hay un Ministerio de la Solidaridad, pero se diría que nada necesita tanto Colombia como un sentido renovado y profundo de la solidaridad entre los ciudadanos.

La cultura es también el reino de la imaginación. No existe en Colombia un Ministerio de la Imaginación. Y sin embargo si algo nos hace falta es imaginación. Por ejemplo: después de tantos años de violencia, que se ha procurado resolver sólo con el filo de la espada y con el tableteo de las armas de fuego, hay quienes siguen pensando que el problema de la paz es un problema militar, que para tener una sociedad reconciliada necesitamos sólo una severa política de guerra.

Dejamos los altos asuntos de la paz, de la concordia, de la convivencia, de la promoción social, de la dignidad ciudadana, que son los que hacen la paz en toda sociedad, en manos de los guerreros, sólo porque nuestros políticos carecen de un modo absoluto de imaginación.

Pero la gran pregunta que tenemos que hacernos es si la violencia colombiana es un problema militar, o si es algo que depende mucho más hondamente del tipo de sociedad que hemos construido, del modo como nos relacionamos con nuestros conciudadanos, del modo como compartimos nuestra memoria colectiva, del modo como elaboramos la lectura de nuestro mundo, de las leyendas que nos unen, de las costumbres que nos permiten reconocernos y de los proyectos de sociedad que configuran nuestros sueños comunes.

Yo diría que Colombia no se equivoca en apoyar a quienes momentáneamente le ofrecen el sosiego de una tregua en las ráfagas de la violencia fratricida, pero se equivocaría mucho si llegara a pensar que esas soluciones meramente guerreras, meramente militares, le van a asegurar una paz duradera. Yo al menos he llegado a la convicción de que si no se emprenden grandes tareas culturales, económicas, sociales y políticas, difícilmente conquistaremos una sociedad en la que verdaderamente se pueda vivir en seguridad y en confianza.

Una reforma agraria es una tarea impostergable de nuestra sociedad, pero una reforma agraria ya difícilmente puede significar repartir tierra a una población de campesinos. Más que un problema de propiedad de pequeños predios, el problema real es el de una nueva productividad, que dignifique a quienes la practican, que genere lo que el mercado interno necesita, que ponga las necesidades de la comunidad como una prioridad de la economía, y que establezca un nuevo diálogo entre la economía, la ciencia y los conocimientos ancestrales. Es decir, es también una tarea cultural.

La tecnología es en nuestra tierra algo definitivamente asociado al clima, a los suelos, a la biodiversidad, a la creatividad a partir del reconocimiento del territorio. Una verdadera reforma educativa exige admitir que necesitamos una educación que forme seres humanos y ciudadanos y no meros operarios despojados de la inteligencia de los procesos. Y que es necesario generar un nuevo conocimiento, en diálogo con el territorio, en diálogo con el mundo, y reformulando las posibilidades de intercambio internacional a partir de nuestras ventajas específicas.

Pero la tarea fundamental es dar a cada ciudadano una idea distinta de su propia dignidad, del papel que puede desempeñar en una sociedad reconciliada, que no ponga el énfasis en los ídolos de la venganza y del resentimiento sino en las oportunidades que abre un tiempo nuevo. Y para ello es absolutamente necesaria la interrogación del pasado y el esfuerzo por construir un relato de nuestra memoria que nos ayude a reconocernos unos a otros, que nos demuestre nuestra procedencia común y nos inscriba en los órdenes de la leyenda y del mito. Sólo el relato nos revelará los amores míticos de los que procedemos, las propuestas heroicas que nos engendraron, los sueños que todavía vuelan sobre esas viejas tumbas.

La paz no es el estado natural de las sociedades. La existencia de conflictos entre personas, entre grupos y entre distintas concepciones de la vida forma parte de nuestra naturaleza, y la aparición de normas, leyes e instituciones hace visible el esfuerzo, varias veces milenario, por inscribir esas tensiones y esos conflictos en un orden que permita la convivencia.

La paz entre nosotros no nacerá de las cíclicas cruzadas contra los monstruos, sino de ese alto en el camino que permita que la sociedad descubra cómo dejar de ser una fábrica de monstruos que cada generación vuelven a alzarse contra el orden social y se convierten en una pesadilla para todos, porque son el testimonio de las profundas carencias, de las grandes injusticias y de los males que no se han resuelto.

La paz es una sociedad reconciliada consigo misma. La paz serán todos esos ejercicios de diálogo, de creatividad y de transformación que permitan que la sociedad se haga dueña de una memoria común, que engendre un sentido nuevo y profundo de la inclusión social, y que formule y emprenda esos mínimos proyectos compartidos, a través de los cuales todos los miembros de la comunidad aprendamos finalmente a vernos como conciudadanos.

William Ospina (Padua, Tolima, 1954). Poeta, ensayista, traductor y miembro de la revista Número. Publicó en el 2005 Ursúa, su primera novela, y en el 2008, El país de la canela, novela que lo hizo merecedor del premio Rómulo Gallegos 2009. Escribe en medios de comunicación de América y Europa. Ha publicado varios libros de ensayo, entre los que se destacan Es tarde para el hombre, Un álgebra embrujada, ¿Dónde está la franja amarilla?, Los nuevos centros de la esfera, La decadencia de los dragones, La herida en la piel de la diosa y América mestiza. Y de poesía: África, El país del viento, ¿Con quién habla Virginia caminando por la arena?, Hilo de arena y La luna del dragón; los anteriores libros se encuentran recopilados en Poesía 1974-2004, de Revista Número Ediciones y Arte Dos Gráfico.